ROIG, Bernardí la cárcel del rostro
  • AÑO: 2008 TÉCNICA: mixta / carbón y cenizas sobre papel DIMENSIONES: 49 x 15 x 40 cm / 100 x 70 cm MODALIDAD: instalacion
  • Como no podría ser de otra manera, y una vez asumida la insubordinación de los afectos, el catedrático Ernst‐Rudolph Mayer de la universidad de Princeton declaró, casi sin pestañear, que la cara era, sin duda alguna, el rostro del deseo insatisfecho. El silencio, en el auditorio, fue ensordecedor. Nadie, ni los más atrevidos, osaron, no ya abrir la boca sino tan siquiera pestañear.

    El silencio consiguió petrificar el tiempo y los instantes en sucesión fueron embalsamados. La frase del catedrático Ernst‐Rudolph Mayer de la universidad de Princeton había atravesado por completo aquel lugar y había perforado de tal modo los aparatos auditivos del público que la parálisis fue definitiva.

    Pero, tal y como ya nos tienen acostumbrados los acontecimientos, alguien −no el más osado, ni el de mayor coraje, ni por supuesto el más valiente, no: solo alguien que podría ser cualquiera− movió, casi sin darse cuenta, la aleta derecha que circunda su fosa nasal y olió el silencio. Ese pequeño gesto, por otra parte natural, provocó un estruendo monstruoso que fue el principio del fin de la hegemonía del pensamiento sobre el olfato. Y a partir de ese instante fundador y absolutamente revolucionario, ya nada fue lo mismo en las sociedades del capitalismo avanzado. Evidentemente, el hombre que movió, casi sin darse cuenta, la aleta derecha que circunda su fosa nasal y olió el silencio fue condenado de por vida a llevar la nariz en una jaula y, como suele ser obvio en estos casos, convertido en líder y posteriormente en mártir de la Liga de los Hombres que Huelen las Cosas. Y la historia lo absolvió… pero eso es otra historia.

    Bernardí Roig